¿Alguien alguna vez se puso a pensar en lo automatizado que tenemos el hábito de levantarnos? Digo, nadie nunca se pone a reflexionar sobre lo que pasaría (o no) si no nos levantáramos.
¿Qué pasaría si al momento de despertar obtuviéramos todo el conocimiento del universo y supiéramos exactamente lo que va a pasar? De seguro que nuestras ganas de levantarnos temprano, de salir de la cálida y cómoda cama a la fría calle o del simple hecho de dejar de dormir cambiarían totalmente (tanto como para bien como para mal)
La verdad es que uno no se levanta conociendo lo que le va a pasar, es más, en mi caso particular con suerte y se como me llamo (con sueño soy una masa inerte andante). Generalmente uno se levanta renegando el motivo por el cual se tiene que levantar temprano, expulsando insultos a aquel pobre jardinero que justo estaba cortando el pasto cuando vos dormías y justo te fue a despertar, a los gritos con algún sordo en tu casa que pone la música altísima e interrumpe tu sueño o, tal vez, maldiciendo aquella bebida que valla dios a saber que tenía y que te dejó una resaca que hasta tus ancestros se asustan.
Pero qué pasaría si, ante alguna de estas situaciones (u otra), uno rompiera con la aburrida rutina automática a la que sometemos a nuestro cuerpo todos los días y supiera si debería o no levantarse, existen casos en los que es mejor quedarse durmiendo (¿Ninguno tuvo esa sensación de que es un día destinado a que todo les salga mal?). Por otro lado ¿Qué pasaría si fuera necesaria nuestra presencia y aun sabiendo esto eligiéramos no levantarnos? ¿Cambiaría algo? Y acá entra en juego otra cosa: el deber.
Personalmente, considero que saber lo que nos va a pasar es una verdadera maldición, le quita toda la diversión a la vida, incluso en los malos momentos, lo divertido es lo inesperado, aquello que no podemos predecir y que, incluso si pudiéramos, no deberíamos cambiar.
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